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Hoy 27 de agosto es mi cumple y…

Ahi estaba. Caminando en la mitad de un bosque de eucaliptos y robles a menos de 18 kilómetros de Santiago y con más de 24 horas de sobra. Había decidido hacer los últimos dos tramos en un sólo día y regresar antes a Madrid.

Impaciente. Cansado. Desconectado. Apurado.

¿Por qué esa decisión?

Si aprendimos que el tiempo es oro, entonces buscamos la inmediatez del resultado. Estamos tan apurados que 20 segundos es suficiente para cada contenido que consumimos.

Queremos que un emprendimiento se convierta en un corporación con un guiño. Queremos maximizar la riqueza, sacrificando la naturaleza.

Más trabajo, menos vacaciones. Karoshi.

Pico Iyer, en “El Arte de la Quietud”, dijo que es importante quedarse quieto cuando todo está en movimiento. Que es una aventura a ir a ninguna parte.

Pero no hay tiempo para libros, hay tiempo para resúmenes de vloggers.

No hay tiempo para pensar, sí para el timeline de redes sociales.

Anhelamos estímulos perpetuos y movimiento constante. Ya.

Vivimos en un mundo conectado, apurado, saturado de información. Convencidos que ojear contenidos nos da conocimiento. Pero escasea la comprensión.

Sufrimos la “enfermedad del tiempo”. Sentimos que “el tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad…” , como lo describió el medico estadounidense Dossey en 1982.

Hablamos en sound bytes o titulares. Nos han convencido que el trabajo nos libera, dignifica, engrandece. Pero… hacer mucho esfuerzo no es ser eficientes.

Castigamos el ocio. Aceleramos. Vemos con desprecio al lento de la fila. Y lo epidérmico se vuelve inevitable. Dejamos de pensar, repetimos -como escribí en La Sociedad Karaoke (circa 2006)-.

Repetimos la opinión de otros.

Repetimos los hábitos. Mal hábito.

Repetimos.

“Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo”, escribió Milan Kundera en La Lentitud (1996). Y aseguró que la velocidad es la forma de recompensa fascinante que la revolución técnica ha brindado al hombre.

Entonces decidí hacer una pausa. Y hacer nada.

Hacer nada no es pasivo. Es más, psicólogos consideran que hacer nada es lo necesario para estimular la creatividad, paladear el presente y enfocarse en estímulos sensoriales.

Hacer nada estimula el cerebro, consolida la memoria y refuerza el aprendizaje.

Hacer nada te hace pensar.

Hacer nada te permite disfrutar de ese instante de estar vivo y… no hacer nada.

Feliz día, Andrés.

Disfruta de hacer nada.