INFLUENCIA · VERDAD · MEDIOS · PERIODISMO · BEHAVIOURAL SCIENCE

La verdad es nada. El carisma es todo.

Parte 1: el mensaje

Estoy convencido que la política no existe sin la comunicación.

Regis Debray, en “El Estado Seductor” (1993) escribió que “…precisamente porque el Estado es en sí mismo invisible e inaudible que debe hacerse ver y escuchar a cualquier precio…

De la oralidad de los rezos en el medievo al uso de TikTik en la postmodernidad. De la transmisión vía juglares en plazas a medios de comunicación formales o digitales.

Todos las herramientas técnicas son válidas para comunicar un mensaje -estatal, ideológico, gubernamental, corporativo, marcario, religioso-.

Pero no todos los mensajes son verdaderos

Ni todos los voceros son persuasores válidos.

Aristóteles, en “Ars Rhetorica” (siglo IV a. C.), dijo que para persuadir hacían falta tres elementos: ethos, logos y pathos.

ethos : la credibilidad o reputación del emisor.

logos : la argumentación lógica. La razón. Los datos. Los hechos.

pathos : la capacidad de generar emoción en la audiencia.

Pero hoy, los mensajes son percibidos como verdad cuando el emisor tiene la capacidad de atraer la atención por su personalidad, facilidad de palabra o presencia. Como don Naza en Quevedo.

Adiós al logos.

La fuerza del relato descansa (…) en la identificación empática con quien lo cuenta”, ha dicho el sociólogo español Félix Ortega.

Un contenido es creíble porque la confianza social del contenedor lo valida.

Hay dos tipos de confianza sostiene Julia Galef en “The Scout Mindset” (2021): confianza epistémica y confianza social.

confianza epistémica : la certeza que es correcto lo que decimos o proponemos

confianza social : la seguridad en uno mismo.

Usted -mentalmente- las combina.

Pero juzga a los demás basado en su confianza social.

La confianza social se evidencia en la postura o en el tono de voz o en la convicción.

Para persuadir hay que estar convencido, decía el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson. “Lo que convence es la convicción”, solía decir.

¿Hemos banalizado la certidumbre?

Vivimos la sociedad del espectáculo de Debord, Eco o Bordieu.

¿Y la verdad?

Depende del carisma del mensajero.

Parte 2: el mensajero

Usted, ¿sabe quiénes son Peter Kalmus, Bruno Latour, Naomi Klein, Elizabeth Kolbert o Michael Mann?

Estoy seguro que sabe quién es Greta Thunberg.

Si la confianza en la credibilidad de un mensaje se sustenta en la simpatía del mensajero o en la antigüedad del medio -o en ambos- es probable que estemos frente a un mensaje cargado de confianza social…”, me dijo Iván Sierra. Suscribo la idea.

Eso sucede con Greta y no con los demás científicos especializados en temas climáticos (que cité).

Greta es más creíble y es más mediática.

¿O es más creíble porque es más mediática?

Su carisma, ¿es sublimado, masificado, por los medios?

Parte 3: el medio

En el pasado, los medios intermediaban (pleonasmo necesarísimo).

Los medios eran el vehículo para difundir contenidos generados por un emisor -dueño del mensaje- hacia un receptor -por ejemplo Usted-.

En el pasado, los gobiernos, políticos, funcionarios, líderes religiosos, empresarios, generaban su contenido. Su verdad. Los medios recogían ese contenido. Lo verificaban. Lo contrastaban. Y lo masificaban. Transmitiendo esa verdad emitida para guiar a la sociedad.

Ahora, los medios se habrían convertido en operadores políticos por sí.

Medios digitales y tradicionales.

Habría un vínculo causal entre el medio y el mensaje. Una relación directa. Vinculante. Como propone Félix Ortega en “La Política Mediatizada” (2011), los periodistas no median contenidos entre el sistema político y la ciudadanía; sino que “las razones políticas son cada vez más razones ajustadas a los imperativos de los mensajes mediáticos. Y éstos son construidos y emitidos por instancias cuya racionalidad, a su vez, no es primariamente política”.

En esta lógica, las fuentes no políticas -desde periodistas hasta influencers- construirían relatos creíbles basados en su confianza social.

¿Y los actores políticos? ¿Los funcionarios? ¿La democracia? ¿El sistema de elecciones? ¿La rendición de cuentas? ¿La verdad?

Los medios -y los periodistas- construyen narrativas políticas propias.

Ergo, sacrifican la verosimilitud de los acontecimientos. Exaltan la rapidez. Exhiben el drama. Ocultan el análisis. Desacreditan personajes.

Glorifican carismas. Propios y extraños (pero convenientes).

No discuten ideas, ni proyectos, ni visiones.

Y promueven tesis infundadas -desde el moralismo tribal hasta la apología del delito-.

¿Y la verosimilitud de los hechos para guiar a la sociedad?

¿Veracidad o verosimilitud?

La verdad depende del carisma transmitido por un medio…

…idealmente audiovisual.