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“La televisión construye la realidad, provoca el shock emocional y condena prácticamente al silencio y la indiferencia a los hechos que carecen de imágenes.” — Ignacio Ramonet, escritor y periodista español

Gianni Minolli, presentador del magazine televisivo italiano MIXER de la RAI-2, empezó el programa del 5 de febrero de 1998 anunciando que el juez Sansovino reconocía haber falseado -con la complicidad de otros miembros del Tribunal Electoral- los resultados del referéndum de 1946. El anuncio conmocionó al país. Los resultados a los que se refería el juez institucionalizaron el nacimiento de la República Italiana.

¿Italia debía volver a la monarquía bajo la Casa de Saboya?

Al final del programa Gianni Minolli reveló que todo había sido falso. El juez era un actor y los documentos antiguos eran de utilería. Luego dijo: ”quisimos mostrar como puede manipularse la información televisada. Hay que aprender a desconfiar de la televisión y de las imágenes que se nos ofrecen” (Como lo cita Ignacio Ramonet en el cuarto capítulo de “La Tiranía de la Comunicación”).

Si lo vi, existe.

Karl Popper, filósofo creador del falsacionismo, decía que “la televisión se ha convertido en un poder colosal; se puede decir que es potencialmente el más importante de todos, como si hubiese reemplazado la voz de Dios.”

“Desde que naces te drogan con la religión, el sexo y la televisión”. — John Lennon

En el 2006 publiqué La Sociedad Karaoke. Escribí: “validado por el noticiero de las ocho, o en diario (…) de mañana, la sociedad construye una conciencia colectiva a fuerza de repetir lo que ve/escucha en la TV, o lo que lee en el diario.” Y concluí que debemos “concienciar que el público receptor de un mensaje es susceptible de cambiar de hábitos políticos, religiosos, o de compra… sin importar de qué lado está la razón o la verdad”.

Es 2018. Y la pantalla de televisión ha sido reemplazada por la de los dispositivos móviles. Algunos presentadores de televisión e influencers han sido reemplazados por mis pares escribiendo en mi timeline de Facebook o por mis contactos enviando mensajes en Whatsapp. Pero mi cerebro reptiliano, ocupando sólo el 5% de la masa cerebral, sigue operando igual que antes. Sigue reaccionando a estímulos directos que amenazan mi confort, mi status quo, mi condición actual. Como el suyo.

En el pasado las amenazas (guerras, hambruna, peste) eran certidumbres; ahora la supervivencia -per se- no es un problema. Sin embargo, el cerebro reptiliano vive alerta frente a peligros probabilísticos.

Si Jebi -el peor tifón de los últimos 25 años- mató personas en Japón, entonces ¿cuándo llegará a mi ciudad? El “tsunami caído del cielo” -el video viral de una lluvia- , ¿caerá en Guayaquil? La respuesta racional es que nunca llegará, que no caerá; pero no somos objetivos en la respuesta porque esa reacción emocional es parte de un proceso de aprendizaje.

Mi cerebro, como el suyo, busca (prefiere) las malas noticias. Magnifica su presumible impacto cuando están tan cerca como la palma de mi mano repetidas una y otra vez. Y olvida la verosimilitud del acto, la verificación de la fuente o la contextualización de la historia porque la noticia está en Facebook, o Twitter, o Instagram o WhatsApp.

¿Debemos cuestionar la verosimilitud de la pantalla? ¿Debemos analizar críticamente los contenidos? ¿Debemos desconfiar de las imágenes? Pues si.

Ahora, ¿por qué no cuestionamos la verosimilitud de la pantalla? Podría contestar con argumentos desde la Espiral del Silencio de Noelle-Neumann o la teoría de Agenda Setting de McCombs & Shaw hasta las teorías de ignorancia pluralista de Katz & Allport o decir que -simplemente- somos una Sociedad Karaoke.

Artículo publicado originalmente en la revista Alfa&Gamma 353