Reptil que sabía demasiado

“Se mide la inteligencia de un individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”
-Kant

Alguna vez Alejandro Dumas se preguntaba: “¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres?” Y se respondía: “Debe ser fruto de la educación.”

En 1934 Alfred Hitchcock produjo “El Hombre que Sabía Demasiado”. Una peli de suspenso con una trama de espías. Louis Bernard, el espía británico que descubre un complot, es acuchillado. Y antes de morir le cuenta al protagonista, Ben, sobre el complot. Ben MacKenna se convierte en un hombre que sabe demasiado.

¿Es malo saber demasiado?

Educarse y convertirse en experto, ¿es malo?

En realidad los expertos están bien cotizados. Su expertise los convierte en fueras-de-serie de un área particular porque, como sostiene Gladwell en Outliers, su educación formal e informal, contexto, situación social se conjugaron para ello.

Sin embargo, no son infalibles.

Es más, su expertise les juega en contra -como el caso de MacKenna, el hombre que sabía demasiado-. Es que demasiado conocimiento puede ser malo cuando los problemas son inesperados.

Un profesor de creatividad, citando a Maslow, alguna vez me dijo: “Cuando tu única herramienta es un martillo, todo te parece un clavo”. Mucho conocimiento especializado es como el martillo… ante cualquier problema, tenderemos a golpearlo.

Esta tendencia de usar métodos familiares y probados para resolver problemas nuevos tiene nombre: “Efecto Einstellung”.

El “Efecto Einstellung” es un sesgo cognitivo que nos lleva a reproducir soluciones conocidas, cuando debiéramos explorar y producir alternativas. Ante el estímulo de un problema, nuestros modelos mentales -digamos atajos- usan un mecanismo que enfoca la atención en los aspectos familiares del asunto. Sacrificando así las posibilidades de respuestas alternativas.

Por cierto, esto no sucede en niños menores de cinco años. Por ejemplo Pedro, de cuatro años, es todo un científico. Es curioso, establece una teoría, decide tocar alguna porquería -digamos experimentar-, y luego crea miles de teorías.

“La dificultad no radica en las nuevas ideas sino en escapar de las viejas que, para quienes hemos recibido la formación más convencional, se ramifican hasta alcanzar cada esquina de nuestras mentes”.
-John Maynard Keynes

Pero cuando Pedro entre al colegio olvidará su método científico porque lo educaremos en el anacrónico sistema que privilegia la memorización. Además, es contra-intuitivo creer que es malo saber demasiado de un tema y los adultos le exigiremos a los Pedros -y Marías y Sergio y Dolores- adultos, que se especialicen.

¿Es malo saber demasiado? ¿Es malo especializarse?¿Cómo evitar el “Efecto Einstellung” y la fijación funcional? ¿Cómo mantener activa la creatividad siendo adultos?

Andy Stalman, experto en Branding, dijo el 2017, “Para mí todo empieza y acaba en la educación. Hoy por hoy no se trata tanto de que los niños aprendan a diseñar robots, sino de que aprendan a no parecerse a ellos. Estamos hablando permanentemente de que es importante la codificación, la programación, que los niños sepan de software, y lo que te preguntas es qué pasa con las habilidades sociales, dónde queda el pensamiento crítico o esa capacidad de dudar de las cosas. Hoy la educación se enfrenta a ese gran dilema”.

Experimento con una propuesta: necesitamos más polímatas y menos gurús. Más maestros y menos maestrías. Más pensamiento creativo, crítico y empático.

Originalmente publicado en la revista Alfa&Gamma 259, noviembre 2019

COMUNICADOR · ESTRATEGA · ESCRITOR