CAUSALIDAD · MOTIVACIÓN · TOMA DE DECISIONES · CEREBRO · HÁBITOS · CAMBIO · COMPORTAMIENTO

Sobre causalidad, hábitos y porqué los hechos no cambiaron mi manera de pensar

Los primeros siete años de vida los viví en el campo. Así aprendí que el canto del gallo Julián precedía al amanecer.

Kikirikiiiii…

Una tarde el gallo murió.

Y a la mañana siguiente volvió a amanecer.

Así aprendí que el canto del gallo no causaba el amanecer. Estaba correlacionado.

Sin embargo, si Julian hubiera vivido más tiempo, la experiencia me habría llevado a esperar el canto del gallo para levantarme.

¿Por qué?

Porque el comportamiento es una función de la persona y su entorno.

El comportamiento de una persona es el resultado de combinar esa persona -con sus intenciones, creencias, conocimiento, motivaciones, personalidad, historia y demás- con su entorno.

C = f (P, E)

La C representa el comportamiento, la P es persona y la E es entorno.

Esta fórmula heurística, propuesta por Kurt Lewin en “Principles of Topological Psychology” (1936), es la Segunda Ley de Comportamiento Humano según Aline Holzwarth.

Holzwarth publicó en www.behavioraleconomics.com un artículo titulado “The Three Laws of Human Behavior”. Y hace un símil con las Leyes de Movimiento de Newton.

El comportamiento no sucede en el vacío, dice Holzwarth. Es más, propone que la fórmula C = f (P, E) evidencia la interacción de los elementos. No es posible predecir o entender el comportamiento de una persona sólo conociendo a esa persona -quién es, cómo piensa, qué siente-. Tampoco se puede entender o predecir el comportamiento de alguien con sólo analizar el contexto.

* * *

A los siete y más años llegue la ciudad. Sin Julian, obvio. Para mi sorpresa, había gallos madrugadores en la vecindad dónde llegamos a vivir.

Kikirikiiii…

Ya había aprendido que correlación no implica causalidad.

Sabía que el sol salía porque salía, no porque cantaba el gallo. Pero también sabía que podía calcular el tiempo viendo las sombras. Había aprendido a medir y marcar el largo, la dirección y el movimiento de las sombras.

¿Reloj? ¿Quién necesitaba la precisión de un horario y un minutero?

Mis amigos en la hacienda no tenían reloj. Yo no necesitaba uno.

Hasta que llegue a la escuela e hice nuevos amigos. Recuerdo que uno de mis nuevos amigos tenía un reloj cuyo minutero era una cápsula espacial que viajaba alrededor del dial ilustrado con una luna.

Ese cumpleaños pedí que me dieran uno igual.

En “Atomic Habits” (2018) James Clear dice que somos animales gregarios.

Lo había dicho Trotter en “Instincts of the Herd in Peace and War” (1916).

No fue el hecho que un reloj era más preciso que medir las sombras lo que me hizo pedir un reloj como regalo. Como escribe James Clear: los hechos no cambian tu forma de pensar. La amistad, si.

Había cambiado mi tribu. Había abandonado una creencia.

Ahora era un chico urbano.

* * *

Vivir en Guayaquil creó cientos de nuevos hábitos.

Los hábitos, según investigadores de MIT, son como un bucle de tres elementos: una señal, una rutina y una recompensa. Así lo proponía Charles Duhigg en “The Power of Habit“ (2012).

Hay bucles virtuosos y bucles viciosos.

En la hacienda la señal era el canto de Julián para empezar la rutina de levantarme. En la ciudad, el kikirikii fue reemplazado por el desagradable, simple y repetitivo ruido del reloj despertador. Julián o el reloj me permitían llegar puntual.

Pero toda decisión de cambio tiene su compensación. Y consecuencias involuntarias.

Esa es la Tercera Ley de Comportamiento Humano según Aline Holzwarth. Por cada decisión hecha hay costos y beneficios implícitos. Pros y contras.

Junto a esas compensaciones hay -también- consecuencias involuntarias o efectos imprevistos. Y muchas veces nuestras acciones tienen efectos sobre otras personas.

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Nuestras acciones tienen efectos sobre otras personas porque somos seres sociales. Hay mucho de copy and paste.

Es más, influimos (en los demás) más de lo que creemos que influimos. Eso postula Vanessa Bohns en su libro “You Have More Influence Than You Think: How We Underestimate Our Power of Persuasion, and Why It Matters” (2021).

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Finalmente el cerebro es una máquina predictiva. Está en constante auto-reconfiguración, propone David Eagleman en “Livewired” (2020).

Es un sistema dinámico que se reconfigura para satisfacer las demandas del cuerpo y del entorno.

Y si bien nuevas experiencias borran viejos aprendizajes; el recuerdo de la vida en el campo -con su petricor, el sabor a recién exprimido, la tesitura verde y el canto madrugador del gallo Julián- permanece.

COMUNICADOR · ESTRATEGA · ESCRITOR