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Veracidad, verosimilitud y el Pato de Vaucanson

El pato con aparato digestivo (“canard digérateur”) de Vaucanson debió confundir a muchos parisinos en el jardín del Palacio de las Tullerías circa 1739.

Imagine un pato de tamaño natural, elaborado con una base de madera y cobre, cubierto de plumas; que levantaba la cabeza, comía granos de un platillo y luego los descomía.

Los críticos decían que era de un “realismo casi naturalista”.

Casi un pato real.

El grado de verosimilitud del Pato de Vaucanson se debía al trabajo de ingeniería de más de 400 piezas y piñones -que no se veían-.

El ingeniero e inventor Jacques de Vaucanson no pretendía burlar a los parisinos. Su pato era un robot. Autómata. Como los varios músicos de tamaño humano -robots mecánicos- que creó.

Diseñados para divertir.

Pero, ¿qué sucede cuando la verosimilitud es un dislate para captar seguidores, lograr rating o torcer voluntades ?

A propósito del artículo “La verdad es Nada. El carisma es todo”, Iván Sierra me propuso aclarar las diferencias entre veracidad y verosimilitud.

Escribí:

Los medios -y los periodistas- construyen narrativas políticas propias.

Ergo, sacrifican la verosimilitud (NOTA: cambiar a “veracidad”) de los acontecimientos.

Exaltan la rapidez. Exhiben el drama. Ocultan el análisis. Desacreditan personajes. Glorifican carismas. No discuten ideas, ni proyectos, ni visiones.

Y promueven tesis infundadas -desde el moralismo tribal hasta la apología del delito-.

¿Y la verosimilitud (NOTA: cambiar a “veracidad”) de los hechos para guiar a la sociedad?

No es lo mismo la veracidad y la verosimilitud.

La veracidad no permite interpretaciones antojadizas.

Cuando se hace una declaración veraz, en la que prime la veracidad, hay un compromiso de quien declara, de quien redacta, de quien emite el mensaje, por ajustarse a una verdad factual”, me dijo Iván.

La verosimilitud es la credibilidad o congruencia de un elemento dentro de un contexto. Verosimilitud es que parece verdadero, pero no lo es.

Cuando se pretende la verosimilitud”, continuó Iván, “ese mismo emisor -tal vez malintencionado, o tal vez sesgado- lo dice (el mensaje) de tal forma que parezca creíble…

Se puede seguir la línea de la verosimilitud para falsear un hecho, para tergiversarlo, o para expresarlo en forma tendenciosa. Cuando se sigue la línea de la veracidad no hay chance a aquello”.

La verdad, ¿dejó de ser importante porque tiene un precio como proponía Kapuściński?

Cuando el titular de un diario dice, por ejemplo, *se vacunó y murió al día siguiente* y luego uno lee la noticia y se da cuenta que la muerte se da por otros motivos (como un accidente), el titular es verosímil. La persona puede vacunarse y al día siguiente morirse. El titular tendría un afán tendencioso, amarillista. En ningún caso es veraz.”, concluyó Iván.

Dos problemas implícitos en el ejemplo. Primero: los medios de comunicación influyen en la determinación de aceptabilidad de los matices de opinión -como propuso la politóloga Noelle-Neumann en la “teoría de la espiral del silencio” (1977)-.

Segundo: Correlación no implica causalidad. Pero algún sesgo mental -como la ilusión de agrupamiento- encuentra un patrón. Nuestro cerebro agrupa situaciones independientes como relaciones causa-efecto. Y creemos en el titular -del ejemplo de Iván- por el sesgo de autoridad que exhiben medios y periodistas.

Por cierto, -alguna vez leí- el 95% de los lectores sólo leen titulares. ¿La noticia completa? La lee el 5% restante.

Rubén Darío Buitrón y Fernando Astudillo, en “Periodismo Por Dentro” (2005), decían que el periodista tiene un sólo compromiso: con la sociedad. Pero el 2018, en la revista Nueva Sociedad, ya se denunciaba que “los medios, entonces, se convirtieron en voceros de sus amos y dejaron de ser los voceros de los ciudadanos.”

¿Y la veracidad de los hechos para guiar a la sociedad?

Por cierto, Usted puede opinar distinto.

Usted puede -a la distancia y sin detalles- creer que el pato mecánico de Vaucanson era un pato verdadero. Pero el periodista veraz debe investigar y confirmar que era un autómata.

Ahora, si Usted nunca había visto un robot… ¿cómo calificarlo de “robot”?

¿Un pato de juguete?

Está bien disentir en la interpretación. Discrepar. Discordar. Disonar.

Pero no es lo mismo la disonancia que el dislate. La diafonía no puede prohibirse, por respeto a la libertad de expresión. El dislate -voluntario y con propósito- debe combatirse porque enerva esa misma libertad de expresión. Y la civilidad. Y la credibilidad.

Para reportar con veracidad el caso de Vaucanson, el titular pudo decir: “Caminaba como pato, comía como pato y descomía como pato. Pero era un robot”.

*

Gracias, Iván, por compartir tus ideas para esta columna

COMUNICADOR · ESTRATEGA · ESCRITOR